( ESP ) El pueblo que quiere ser franquista ( 16-05-2017 )

No debería ser noticia, pero lo es.

 

Además de la generalísima tumba, el Ayuntamiento de Águeda del Caudillo propone construir un museo para relatar la historia más reciente de nuestro país. Todo son ventajas.

 

Para el alcalde de Águeda, tener la tumba de Franco en su pueblo son todo son ventajas.

 

Para los oriundos, el apellido de Águeda (del Caudillo) no ha venido teniendo en los últimos tiempos más significación que la que da la costumbre de relatar el nombre de un pueblo. 70 años después de la Guerra Civil, allí se ha vivido como se vive en cualquier otra pedanía, levantándose por la mañana y acostándose por la noche. Nada de incitación al odio ni cosas parecidas.

Pero de un tiempo a esta parte, la sombra del Caudillo, alargada por hábito patrio, planea a contraluz por las casas y campos de sus paisanos, y también por las de media España.

Porque desde hace un par de meses, Águeda no tiene apellido en cumplimiento a la Ley de la Memoria Histórica. Eso trajo cola en la zona, y no precisamente por motivos políticos, ya que son muchos los que allí viven que ni siquiera han rozado con las puntas de los dedos la Guerra Civil. Algunos se lamentan de haber tenido que hacer infinitas gestiones para adaptar su documentación a los nuevos requerimientos o de llevar meses pidiendo soluciones más terrenales para nada. A otros ya no les hace ninguna gracia.

El Caudillo, en Águeda

Águeda (del Caudillo), pedanía de Ciudad Rodrigo, en Salamanca, es, junto a toda la provincia, un territorio medio pardo por excelencia. Más que histórico, este pueblo de 100 habitantes nació del vientre franquista. Corría el año 1954. Estados Unidos lanzaba la Bravo y la Romeo, Francia reconocía la independencia de Vietnam y Francisco Franco inauguraba personalmente el pueblo que había creado para colonos de diferentes territorios. Venía así al mundo Águeda del Caudillo, esta vez sin paréntesis, cuyo nombre es perfectamente comprensible.

Pues bien. El alcalde de Águeda ofrece su pueblo para albergar los restos del dictador si se da el caso hipotético, muy hipotético, hipotetiquísimo, de que la proposición no de ley que se aprobó días atrás en el Congreso contente al PP y a la familia de Franco, entre otros. De hecho, la propuesta va tan en serio, que Germán Florindo, su alcalde socialista, declara haber hablado ya con esta última para poner en común su propuesta.

El Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo está que trina

La utópica idea de acoger los restos de Francisco Franco no ha caído bien en el Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo, del que depende Águeda (del Caudillo). Al menos, en uno de los tres brazos que forman gobierno.

El teniente de alcalde y cabeza visible de Izquierda Unida En Común, Domingo Benito, ha manifestado que

«queremos creer que se trata de una broma o que el alcalde pedáneo sencillamente tenía un mal día. Si no es así, estaríamos hablando de algo gravísimo. Sobre los restos de Franco ni siquiera hace falta valorarlo».

Además de la generalísima tumba, el Ayuntamiento de Águeda construiría un museo para relatar la historia más reciente de nuestro país, algo harto controvertido, y no solo por el tortazo que se da la memoria histórica con el franquismo, sino también por el proyecto en sí, más quijotesco que dar una pastilla a un gato.

En este sentido, Ciudad Rodrigo al Día recogía que «se va a contactar con los municipios donde se vayan retirando, por el cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, placas y otros objetos alusivos al franquismo, para ‘hacer un museo’».

Respecto a esto, Benito entiende que no sería descabellado levantar una colección que reconociese a las víctimas de la Guerra y la represión franquista, eso sí, sin apologías sectarias o vanaglorias de los caídos por España, ya que entonces se toparía de frente con Izquierda Unida En Común:

«Lo que el alcalde pedáneo debe hacer es poner orden administrativo y presupuestario en la pedanía y no tener este tipo de ocurrencias».

Pero para la autoridad de Águeda (del Caudillo), tener la tumba de Franco en su pueblo son todo son ventajas, sobre todo turísticas. Y es que en el mundo utópico del que venimos hablando, la afluencia de personal sería desbordante, copiosa, pletórica; quizás extrema, ferviente, intensa. Ahí no le falta razón.

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